El triunfo de Donald Trump: el feo rostro del imperialismo

El republicano Donald Trump ha sido electo presidente de los Estados Unidos. Si bien en el número de votos populares hubo un virtual empate entre él y Hillary Clinton, Trump obtuvo una clara mayoría de representantes en el colegio electoral. Aún es temprano para sacar todas las conclusiones de un hecho político de esa dimensión, pero queremos iniciar un análisis que deberá profundizarse más adelante. 

Autor: Secretariado Internacional

El triunfo de un personaje burgués populista de derecha (con posiciones xenófobas, racistas y machistas) y en contra de los aparatos de ambos partidos tradicionales ha provocado un fuerte impacto en Estados Unidos y en todo el mundo e intensos debates sobre su significado.

Todos los analistas coinciden en señalar que la votación de Trump se basó en amplios sectores de votantes blancos de las regiones rurales, de pequeños propietarios y especialmente, el apoyo de trabajadores blancos empobrecidos desde hace muchos años, afectados por la desindustrialización, la crisis, los bajos salarios y la precarización laboral o el desempleo. Una caída social que no fue revertida por la “recuperación” económica del período de Obama y la disminución del desempleo.

En ese sector caló el discurso racista, xenófobo y reaccionario de Trump contra los inmigrantes, sus ataques al sistema de los “políticos” y sus falsas promesas de que “basta trabajar duro y seriamente” para que vuelva la “grandeza de Estados Unidos”  y se “recupere el sueño americano”. Este discurso populista de derecha le permitió no solo ganar los estados tradicionalmente sino también los “pendulares” y en históricas bases de obreros industriales blancos como Michigan (Detroit). Este sector de trabajadores expresó así su frustración y su bronca contra “el sistema”, rompió con el partido demócrata y giró a la derecha, apoyando electoralmente a Trump. Es necesario dimensionar el peso real de este proceso: todos los votantes de Trump representan apenas el 25% del electorado real (incluyendo las bases agrarias y medias del interior).

Por eso, no se puede explicar porque Trump es electo si al mismo tiempo no se considera el desgaste electoral del partido demócrata y la ruptura por izquierda de una parte de su base electoral que no votó a Hillary ni a Trump. La base de este desgaste es la profunda decepción con los gobiernos de Obama y las grandes expectativas que las masas depositaron en él. Obama gobernó “para los ricos” sin resolver ninguno de los problemas más sentidos por las masas, mantuvo una política dura represiva y persecutoria con los inmigrantes latinos “ilegales” y avaló la ola de violencia, represión y asesinatos policiales contra los jóvenes negros.

A esto se suma que Hillary es una mujer claramente de “derecha” (apoya incondicionalmente a Israel y los crímenes del sionismo, impulsó a todas las guerras e invasiones de las dos últimas décadas, apoyó la persecución a los inmigrantes latinos y la represión a los negros) que, además, no tiene ningún carisma entre las masas. Por el contrario, genera un fuerte rechazo.

El deterioro económico-social que hemos analizado no sólo ha provocado movimientos hacia derecha sino que generó también un giro de sectores de masas hacia la izquierda, expresada en la alta votación de Bernie Sanders en las primarias demócratas. Más allá del verdadero papel de Sanders, él se presentó como algo “nuevo”, un “socialista” crítico de las consecuencias del capitalismo financiero. Así atrajo la simpatía de millones de jóvenes. Algunos analistas consideran incluso que es posible que Sanders hubiese derrotado a Trump.

Pero la candidatura de Hillary cerró esta puerta y llevó a la ruptura de muchos de ellos con los demócratas: según una encuesta, sólo la mitad de los jóvenes que apoyaron a Sanders votaron por Hillary. Otra ruptura importante fue la de una parte de la población y la juventud negra (expresada en el movimiento Black Lives Matter) que tampoco la apoyó. En ambos casos, se trata de amplias rupturas por izquierda, sumamente progresivas.

La mayoría de la izquierda mundial está mirando solo las elecciones y sacando la conclusión de que la elección de Trump es expresión de un “giro reaccionario” que vive el mundo. No coincidimos con esta visión. Existe una polarización creciente que ahora se expresa en Estados Unidos.

Para llevar adelante sus propuestas, Trump debe enfrentar dos barreras. La primera es la de lucha de clases. Más allá de sus promesas populistas, Trump no tiene otra alternativa que atacar a las masas y a los trabajadores como un todo en beneficio del capitalismo imperialista. Puede ser que un sector de los trabajadores blancos que lo votaron lo acompañe en sus ataques a los latinos y a los negros pero otro puede decepcionarse rápidamente y ese apoyo actual transformarse en lo opuesto.

Los demás sectores (los que no lo votaron) ya lo ven como su enemigo. Por ejemplo, un día después de las elecciones, jóvenes activistas de varias ciudades del país realizaron numerosos actos con miles de personas contra el futuro presidente (algo inédito en la historia del país). Son jóvenes que no votaron por Trump ni por Hillary y no se sienten representados por ninguno. ¿Un anticipo del futuro?

La segunda barrera son los propios centrales de la burguesía imperialista que intentaron evitar la elección de Trump porque no lo consideran “confiable” y no tienen acuerdo con sus propuestas. Algunas de ellas afectan intereses del corazón de la economía imperialista estadounidense (la burguesía financiera y su parasitismo). ¿Está dispuesto Trump a encarar este embate? En ese caso, es inevitable que haya fortísimos choques.

Otras propuestas van contra la política de “reacción democrática”, centro de la táctica imperialista en el mundo en las últimas décadas para enfrentar las revoluciones y las luchas, desde la dura derrota en la guerra de Vietnam, en 1975. Consiste en defender los intereses imperialistas combinando y suavizando el “garrote” con negociaciones, pactos y elecciones. En 2001, Bush intentó cambiar esta política con otra “guerra contra el terror” (mucho más bonapartista y belicista) pero fue duramente derrotado en Irak y Afganistán y generó una profunda crisis para el imperialismo en el mundo (y también internamente). El impulso a Obama y su elección significaron un intento de respuesta a esta situación y la intención de retomarla aún más plenamente (ahora con la ayuda del Papa Francisco).

¿Trump va a romper con la política de acuerdos con los Castro en Cuba, con las FARC en Colombia, con Irán en Medio Oriente, o la política de basarse en elecciones en los países semicoloniales? Recordemos que Bush ya lo intentó de modo parcial y se rompió los dientes con las masas en el mundo, y afectó al propio régimen político de Estado Unidos.

En su edición en español, el New York Times (muy ligado a la burguesía financiera imperialista), analizando la situación y algunas propuestas de Trump alertaba: “El próximo presidente electo enfrentará las exigencias de un país fracturado.  Si intenta imponer medidas represivas a algunos grupos minoritarios contra los que hizo campaña, sobre todo musulmanes e hispanos, provocará una feroz resistencia…”.

Los imperialismos europeos también expresan su preocupación: el presidente francés François Hollande (con algo de humor ácido) declaró: “felicito al nuevo presidente de Estados Unidos porque es lo habitual, pero no puedo ocultar nuestra incertidumbre”.

Es decir, además de la propia dinámica de la lucha de clases en Estados Unidos y en el mundo, la elección de Trump muestra una grieta profunda dentro de la burguesía imperialista estadounidense y también mundial. Grieta a partir de la cual, como decía Lenin, pueden colarse las movilizaciones y la lucha de los trabajadores y las masas.

Por eso, con una dinámica que está abierta, creemos que si algo expresan estas elecciones es el desarrollo de los elementos de crisis que vive el régimen político estadunidense. Para nosotros, la elección de Trump, lejos de cerrar esta crisis y fortalecerlo, puede aumentarla.

Como revolucionarios, nos cabe impulsar la lucha contra este nuevo enemigo en Estados Unidos y el mundo. Como vimos, en Estados Unidos, las movilizaciones ya comenzaron. Hay que evitar la división xenofóbicas , racistas y machistas que quieren imponer entre los trabajadores y unificar todas las luchas y demandas contra el nuevo gobierno: la juventud que ya está movilizándose, el impulso a la lucha por los 15 dólares de salario por hora, la defensa de la salud y la educación pública, la lucha por los derechos de los inmigrantes (especialmente los latinos) y las reivindicaciones de Black Lives Matter contra la represión y los asesinatos policiales, y por la defensa de los derechos de los negros.

En este camino de lucha, es necesario avanzar en la construcción de un partido obrero socialista y revolucionario que exprese los intereses de todos los sectores de la clase trabajadora e incorpore la lucha contra todas las opresiones.

En el mundo, con Trump cae la máscara hipócrita y “simpática” de Obama (que tanta confusión causó en las masas). El imperialismo vuelve a mostrar su verdadero y feo rostro: xenófobo, racista, machista, explotador y prepotente. Esto puede ser una palanca para la conciencia y la lucha antiimperialista en todo el mundo, tal como sucedió en el período de Bush en que se reunían multitudes para repudiarlo en cada país que visitaba. ¡Vamos a llenar el mundo de manifestaciones contra Trump y el imperialismo

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