1917: la Revolución de Febrero

En febrero de 1917 una revolución democrática derrocó al Zar de Rusia. Esta revolución fue el preámbulo de la Revolución de Octubre en la que el poder pasó a manos de la clase obrera, a través de los consejos de obreros, campesinos y soldados (conocidos como soviets). Estos soviets legislaban y ejecutaban sus propias decisiones. Para ello contaban con sus propias milicias armadas. Pero para llegar a esta situación tuvieron que atravesar el período conocido como “dualidad de poderes” en el que la burguesía trató de conservar el poder del Estado a través de un gobierno de colaboración entre los partidos de los capitalistas y los partidos reformistas de la pequeña burguesía. Publicamos un fragmento de la “Historia de la Revolución Rusa” de León Trotsky, quien, junto a Lenin, fue protagonista de estos acontecimientos.

 

 ¿En qué consiste la dualidad de poderes?

En la revolución de 1917 vemos cómo la democracia oficial crea, consciente y deliberadamente, la dualidad de poderes, haciendo todos los esfuerzos imaginables para evitar que el poder caiga en sus manos. A primera vista, la dualidad de poderes se forma, no como fruto de la lucha de clases en torno al poder, sino como resultado de la cesión voluntaria que de dicho poder hace una clase a otra. La “democracia” rusa, que aspiraba a salir del atolladero de la dualidad de poderes, no creía encontrar la salida que buscaba más que apartándose del poder. Esto era precisamente lo que calificábamos de paradoja de la revolución de Febrero.

Acaso se pueda encontrar una cierta analogía con esto en la conducta seguida por la burguesía alemana en 1848 con respecto a la monarquía. Pero la analogía no es completa. Es cierto que la burguesía alemana aspiraba a toda costa a compartir el poder con la monarquía sobre la base de un pacto. Pero la burguesía no tenía la integridad del poder en sus manos y no lo cedía enteramente, ni mucho menos, a la monarquía. “La burguesía prusiana era nominalmente dueña del poder, y no dudaba ni un momento que las fuerzas del viejo Estado se pondrían incondicionalmente a su disposición y se convertirían en prosélitos abnegados del poder de aquélla.” (Marx y Engels.) La democracia rusa de 1917, que al estallar la revolución tenía todo el poder en sus manos, no aspiraba a compartirlo con la burguesía, sino sencillamente a cedérselo entero. Acaso esto signifique que en el primer cuarto del siglo XX la democracia oficial rusa había llegado a un grado de descomposición más acentuado que la burguesía liberal alemana de mediados del siglo XIX. Y este estado de cosas obedece a una ley lógica, pues representa el reverso de la progresión ascensional realizada en el curso de esas décadas por el proletariado, que venía a ocupar el puesto de los artesanos de Cromwell, y de los sans-culottes de Robespierre.

Si se examina la cuestión más a fondo se ve que el poder del gobierno provisional y del Comité ejecutivo tenía un carácter puramente reflejo. El candidato al nuevo poder no podía ser otro que el proletariado. Los colaboracionistas, que se apoyaban de un modo inseguro en los obreros y en los soldados, veíanse obligados a llevar una contabilidad por partida doble con los zares y los “profetas”. El poder dual de los liberales y demócratas no hacía más que reflejar el poder dual, que aún no había salido a la superficie, de la burguesía y el proletariado. Cuando -al cabo de pocos meses- los bolcheviques eliminan a los colaboracionistas de los puestos directivos de los soviets, el poder dual sale a la superficie, lo cual indica que la revolución de Octubre se acerca. Hasta este momento, la revolución vivirá en el mundo de los reflejos políticos. Abriéndose paso a través de los razonamientos vacuos de la intelectualidad socialista, el poder dual, que era una etapa de la lucha de clases, se convierte en idea normativa. Gracias a esto precisamente se convirtió en el problema central de la discusión teórica. En este mundo nada se pierde ni sucede en balde. El carácter reflejo de la dualidad de poderes de la revolución de Febrero nos ha permitido comprender mejor las etapas de la historia en que dicho poder aparece como un episodio característico de la lucha entre dos regímenes. Así, la luz refleja y tenue de la luna nos permite deducir importantes enseñanzas acerca de la luz solar.

La característica fundamental semifantástica de la revolución rusa, que condujo en un principio a la paradoja de la dualidad de poderes y al poder dual efectivo que le impidió luego resolverse en provecho de la burguesía, consiste en la madurez inmensamente mayor del proletariado ruso si se le compara con las masas urbanas de las antiguas revoluciones. Pues la cuestión estaba planteada así: o la burguesía se apoderaba realmente del viejo aparato del Estado, poniéndolo al servicio de sus fines, en cuyo caso los soviets tendrían que retirarse por el foro, o estos se convierten en la base del nuevo Estado, liquidando no solo con el viejo aparato político, sino con el régimen de predominio de las clases a cuyo servicio se hallaba este.

Los mencheviques y los social-revolucionarios se inclinaban a la primera solución. Los bolcheviques, a la segunda. Las clases oprimidas, que, según las palabras de Marat, no habían tenido en el pasado conocimientos, tacto ni dirección para llevar hasta el fin la obra comenzada, aparecen en la revolución rusa del siglo XX equipadas con todo eso. Y triunfaron los bolcheviques.

 

 

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