Ante el pacto de unidad nacional de los de arriba, movilicémonos por una Constituyente amplia, libre, democrática y soberana

La victoria del NO fue una sorpresa hasta para sus impulsores. Pero este triunfo, por un estrecho margen (apenas 53.894 votos), muestra la polarización ante la convocatoria a un plebiscito sin más posibilidad que alinearse detrás de un SÍ o un NO.

El triunfo del NO es el resultado de la combinación del desprestigio y el repudio que una parte importante de la población mantiene contra las FARC, y del profundo malestar social de sectores de la población que sufren a diario la miseria, el desempleo y la desigualdad, y que no ven que los Acuerdos de La Habana mejoren su situación.

El triunfo del NO es también producto de la respuesta arrogante y represiva que Santos ha dado a los conflictos sociales y a las movilizaciones por las reivindicaciones más sentidas de la población. Mientras Santos agita el discurso de la paz desconoce el malestar social y se niega a resolver las necesidades apremiantes de quienes luchan. Para estos sectores fue indisoluble la política económica y social de Santos, de sus promesas de paz, prosperidad y reconciliación.

La abstención del 63% es expresión de que una inmensa mayoría de la población no cree ni en la paz de Santos ni en la alharaca uribista. Corresponde a una inmensa mayoría que no ve que los acuerdos con las Farc vayan a modificar las condiciones de miseria en que vive. La abstención es el resultado más importante del plebiscito. Uribe solo logró arrastrar a un 18,5% de la población, por lo tanto no se puede abrogar la representación del pueblo colombiano.

El inconformismo de la población ha sido capitalizado por el uribismo, que con los sectores más reaccionarios como el exprocurador Alejandro Ordóñez y el expresidente Pastrana, agitaron el fantasma del castrochavismo, aprovechando la desmoralización que Maduro ha provocado en las masas venezolanas, porque desde su gobierno y el de Chávez llevaron a los trabajadores a una situación de hambre y miseria, generando incredulidad en las opciones de “izquierda” y enlodando el significado de socialismo y revolución. Que la derecha se fortalezca es producto de la nefasta política de capitulación y concertación de la mayoría de la izquierda.

La campaña del uribismo, de mentiras y falacias, para asustar al electorado, diciendo que el país se le entregaría a las Farc, pudo más que la campaña de Santos con todo el aparato estatal, los partidos de la Unidad Nacional y la gran mayoría de la “izquierda” y las direcciones sindicales al servicio del SÍ, que prometieron el paraíso de la paz y la reconciliación de todos los colombianos, al tiempo que asustaban con la amenaza de que si perdía el SÍ se volvería a la guerra. Sean las falacias uribistas o las santistas, se sigue insistiendo con la política del miedo impartida desde la burguesía, para mantener dominada a la población.

El hecho de que Uribe haya logrado capitalizar una parte del descontento social, bajo las banderas de la reacción, se explica en buena medida por que la burocracia sindical que comanda las centrales obreras, y la mayoría de las direcciones de izquierda, le dan su lealtad al gobierno y no a los trabajadores y al pueblo. Prefirieron pactar el apoyo político a Santos antes que conducir y centralizar las luchas —contra este gobierno— con una política independiente para que triunfaran. Por el contrario, se han traicionado las luchas del magisterio, hubo negativa a centralizar la movilización y apoyar decididamente luchas sociales, así como negativa sistemática a concretar un paro nacional. Esta política de colaboración de clases se selló cuando llamaron a los trabajadores a votar por la reelección de Santos en nombre de la paz, dejando desorganizado el descontento que lamentablemente terminó siendo capitalizado por el uribismo. Es una política tan evidente que fue confesada abiertamente en la última declaración del Comando Nacional Unitario donde manifiesta que: “Este escenario reactivará (negritas nuestras) todas las acciones encaminadas a respaldar los conflictos sociales y laborales y una respuesta nacional a las medidas regresivas”, con lo que reconocen que ese escenario inactivó durante casi un año el respaldo a los conflictos y se negó a dar una respuesta nacional a las medidas regresivas; más claro imposible.

La pregunta que muchos se hacen es qué va a pasar. Ante la crisis política abierta con la derrota en el plebiscito, evidenciada entre otras cosas por la reciente renuncia de Gina Parody al Ministerio de Educación y otros posibles cambios, el llamado a un pacto nacional por arriba, será el nuevo escenario para terminar las negociaciones con las Farc e integrar a la burguesía opositora a este plan. Este fue el sentido de las declaraciones luego de conocerse el triunfo del NO.

Santos ratificó su decisión de concretar la paz y que no desistirá hasta el último día de su mandato, por lo que el cese bilateral del fuego se mantiene y reconoce en el triunfo del NO la necesidad de negociar con el uribismo —en el marco de un gran acuerdo de unidad nacional—, los ajustes a la desmovilización de la guerrilla y su incorporación al régimen político.

Las Farc, a través de Timochenko, ratifican que “mantiene su voluntad de paz y reiteran su disposición de usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro”; lo que significa que la decisión política de la desmovilización y su incorporación al régimen se mantiene vigente, como ya lo habíamos señalado en varias ocasiones, frente a la amenaza de Santos de que si no se votaba por el SÍ las Farc volvían a la guerra.

Mientras tanto Uribe reclama la victoria poniendo en la mesa las exigencias reaccionarias por las cuales se opuso a ratificar los acuerdos: mantener intacta la usurpación de tierras por parte de terratenientes y paramilitares, garantizar la “confianza inversionista” sin cargar más impuestos a los empresarios, castigar con cárcel a los comandantes guerrilleros mientras exige “alivio judicial” para los militares implicados en delitos contra la población, y bloquear cualquier reivindicación hacia la mujer o la población LGBTI que cuestione la concepción de familia defendida por el exprocurador Ordoñez y los pastores de las iglesias evangélicas que lo secundaron en la campaña del NO.

Lo que se ha producido es un impasse, pero el proceso de desmovilización de la guerrilla no se echará para atrás. No hay que olvidar que detrás de la definición de la desmovilización de la insurgencia está el imperialismo y sus transnacionales, los verdaderos amos de Santos y de Uribe. Ellos no van a permitir que los grandes negocios se vayan al traste con una ruptura del proceso de desmovilización de la guerrilla. El gran pacto de unidad nacional al que llama Santos —que ya estaba previsto en el punto 3 de los acuerdos— será el escenario en las alturas, donde el gobierno y los uribistas dirimirán sus contradicciones, y finalmente se pondrán de acuerdo en la participación de los jugosos negocios del postconflicto, al tiempo que se unifican en los planes contra los trabajadores y la población desposeída, como ya sucede en Bogotá con el apoyo de ambos al alcalde Peñalosa.

La verdadera paz, la de las víctimas, la de la población condenada a la pobreza, la de los trabajadores explotados, la que escapa a los estrechos márgenes de un plebiscito que limita a millones a ratificar las decisiones de unos pocos poderosos, la tendremos que conquistar en las calles, imponiéndosela a todos los victimarios responsables de décadas de violencia y muerte, en la lucha sin cuartel contra las políticas económicas y sociales de Santos, ahora debilitado por el fracaso del plebiscito. Pero esta lucha en las calles es también contra Uribe y sus aliados, contra sus pretensiones de más impunidad para los empresarios, terratenientes, paramilitares, parapolíticos y militares responsables de la violencia y contra la exigencia de menos impuestos para las multinacionales. La lucha es contra Santos y contra Uribe, que mientras desarrollan su pugna, cada uno defendiendo el sector que representa, actúan unificadamente contra los trabajadores y los pobres, porque los unen sus profundos intereses de clase.

El Comando Nacional Unitario, las centrales obreras y los sindicatos, tienen ahora la responsabilidad imperiosa de romper con su apoyo político al gobierno Santos. El daño que ya le han hecho a la lucha, a la organización, a la conciencia de los trabajadores y a la movilización, con su política de concertación y colaboración, ha sido aprovechado por el uribismo, y sólo se puede empezar a revertir poniéndose al frente de la lucha decidida contra Santos y la burguesía de conjunto. Se debe convocar de manera inmediata a un encuentro democrático, obrero, popular y étnico, para que discuta una salida independiente y desde abajo que organice un verdadero paro nacional, para aprovechar la crisis política que se ha abierto con la derrota del santismo. Así podremos también derrotar en las calles al uribismo y al imperialismo, luchando contra los asesinatos y las amenazas que aún continúan, contra la reforma tributaria, la reforma pensional, el código de policía, y la política privatizadora y pro imperialista de Santos.

Será con la unidad de las luchas y la movilización en las calles y carreteras que impondremos la Asamblea Constituyente, amplia, libre, democrática y soberana, para buscar solucionar, nosotros mismos, como clase trabajadora y los sectores populares, los problemas que padecemos, y las garantías, para que las Farc, junto con las expresiones políticas de los trabajadores que han sido bloqueadas por el régimen autoritario, sanguinario y antidemocrático, tengan todas las garantías de participación en la política legal, abierta y de cara a las masas.

Bajo el yugo de la dictadura capitalista los trabajadores, los pobres, los oprimidos jamás tendremos paz, la paz únicamente se conseguirá con un gobierno de los trabajadores y una sociedad socialista, donde desaparezca la dictadura de la ganancia y la acumulación de capital. Es en esa dirección que debemos organizarnos y luchar.

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